
Las P2P de finales de los noventa han dado paso a potentes servidores para alojar y bajar archivos y a veloces redes encriptadas
Página de una web con enlaces para descargar en eMule y Bittorrent.
A finales de los años noventa, con la creciente popularidad de internet llegó la de sus primeras redes para compartir archivos. Se llamaban P2P, abreviatura del inglés «peer to peer» (de igual a igual), con un mecanismo que permitía a dos usuarios intercambiar su música gracias a un servidor central donde se gestionaban las búsquedas y las descargas. Aquello tuvo un nombre propio que destacó por encima de otros, Napster, pero la potente industria norteamericana del entretenimiento logró echarle el cierre. Fue en 2001, y ahora Napster, desde que se integró en Roxio, es un sistema de venta de música a través de internet, un sistema perfectamente legal, como el popular servicio de iTunes. Pero si Napster cerró sus puertas con el nuevo milenio, la posibilidad de compartir información (en este caso archivos, primero de audio y luego también de vídeo) quedó abierta y disparada a mil y una posibilidades, que hoy siguen creciendo, para desesperación de la industria del entretenimiento y los tribunales a los que recurren, incapaces de poner puertas al campo de las descargas. Uno de los problemas de fondo está, quizá, en la esencia misma de internet. La red nació para compartir información, e intentar frenar sus posibilidades en ese campo sería tanto como acabar con la misma red. Por eso, y por la forma de trabajo de programadores y de la comunidad informática, los sistemas de descarga han ido perfeccionándose con los años. De las primeras épocas, en las que un cliente servidor organizaba todo el proceso (allí se hacían las búsquedas y se posibilitaban las descargas) quedan todavía algunos supervivientes, como Soulseek, con servidor en Alemania, más de un millón de usuarios registrados y especializado en música no comercial. La segunda revolución de las descargas llegó con los servidores descentralizados. Apoyándose en nodos, los nuevos programas y protocolos de descargas ponían en contacto a los clientes desde la distancia, sin mancharse las manos en la tarea. Así, surgieron Gnutella, Kazaa, Ares Galaxy (hoy en día muy popular por su rapidez) y el vencedor de todos, el eMule, también conocido en España como La Mula, con más de dos millones de usuarios metidos en las distintas redes con las que trabaja. La tercera generación de redes de descarga llegó con la encriptación. Aunque no son tan populares como las anteriores, las propuestas de protocolos como ANts P2P, muy útiles en redes internas, impiden rastrear qué archivos se están moviendo y quiénes los están descargando. El problema es que el proceso de encriptación obliga a que los usuarios dispongan de un buen acceso a internet para no verse afectados con retardos y parones. Todavía quedan otras dos generaciones que suplen o mejoran las descargas a través de servidores. Una es la opción de Bittorrent. En este caso, para acceder a los archivos no hay que buscar en ningún servidor. Sólo hay que entrar en determinadas webs dedicadas a las descargas de música o películas y buscar el enlace del cliente Bittorrent desde el cual el archivo se descargará de forma rápida y sencilla. Un mecanismo similar es el de las llamadas webs de alojamiento. Portales como Rapidshare y Megaupload permiten subir cualquier tipo de archivos de forma gratuita (y de forma más rápida si se paga) y generan un link desde el que cualquiera puede luego descargarse ese archivo. Un link que viaja por foros y webs para facilitar a los usuarios el acceso a este material.
fuente: lne.es